[PUBLICADO EN VIAJES NATIONAL GEOGRAPHIC]

El misterio suele ser un buen compañero de viaje en muchos destinos, pero en Perú, donde los secretos del imperio inca se esparcen por toda la región andina, su compañía resulta inevitable. Según la mitología inca, Manco Capac y Mama Ocllo, los hijos del Sol y la Luna, emergieron del lago Titicaca y caminaron hasta fundar la ciudad de Cusco. Ambos lugares distan apenas 400 km, una distancia corta aunque repleta de enigmas y también de vestigios de aquella gran civilización andina que aún pervive en las tradiciones, la lengua y la arquitectura. Algo fácil de comprobar a lo largo de un viaje que empiece en la ciudad de Cusco, el valle del Urubamba y la mítica Machu Picchu, para después dirigirse a las azules aguas del lago Titicaca, en el sur del país.

Cusco, a 3300 m de altitud, era «el ombligo del mundo» para los incas, desde donde se movían los hilos de aquel vasto imperio. La ciudad se derrumbó tras la ocupación de Francisco Pizarro a finales de 1533 y, aunque poco después volvió a resurgir, su configuración cultural y arquitectónica se había transformado al gusto del invasor. Es así como se levantaron edificios y muros sobre anteriores trazados con técnicas indígenas y nuevos estilos que desembocaron en una fusión que llega a nuestros días y que puede observarse durante un paseo por la ciudad.

La Plaza de Armas, el centro neurálgico de Cusco, está rodeada de soportales castellanos con tiendas que venden objetos de recuerdo, casas de balcones azules y dorados, jardines dispersos y ese color de arcilla que reina en las fachadas y pavimentos. En uno de los laterales se encuentra la catedral, mientras que otro costado alberga la iglesia jesuita, ambas construidas en los primeros años de la colonia y sobre los cimientos de antiguos templos. En esta plaza, ya en época de los incas, desembocaban los caminos que llegaban de los cuatro puntos cardinales, la gente se congregaba para las grandes celebraciones religiosas y los gobernantes hacían gala de su poder.

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