[PUBLICADO EN VIAJES NATIONAL GEOGRAPHIC]

Las ráfagas de luz del faro Brant Point anuncian tierra firme. Es de noche, hace dos horas que el barco ha salido del puerto de Hyannis y aún no se adivina la isla de Nantucket, que aparece bruscamente. Al descender las escalinatas, compruebo que su aspecto es el mismo que llevo en la imaginación.

Del puerto de Nantucket, un lugar entre la realidad y la fantasía, salió el Pequod, el barco que Herman Melville inmortalizó en Moby Dick. El escritor publicó la novela en 1851, a pesar de que aún no había pisado la isla. Pero las viejas historias y leyendas de la capital ballenera le sirvieron para describirlo en una de las obras más universales.

Hoy ese legado se transpira en apenas 23 kilómetros de largo y tres y medio de ancho, ya sin los barcos que llegaban tras meses de aventuras por todo el mundo cargados de aceite de ballena. A cambio, ese viejo ajetreo de pescadores, herreros y almacenes del siglo XVIII, ha sido sustituido por veleros que siembran la bahía en verano y definen el nuevo Nantucket, destino predilecto de artistas y poetas de Estados Unidos.

A Nantucket se la empieza a conocer antes de llegar, pero una vez aquí lo primero que llama la atención son los muelles del puerto, desde Old South a Town Pier. Sus largos brazos de madera conservan el aroma de un pasado pesquero que nunca se fue del todo y que conviene recordar en una visita al Museo de la Ballena.

Ahora esos muelles están reconvertidos en un paseo marítimo donde se concentran las tiendas que esperan la entrada masiva de visitantes en verano, porque aquí en invierno apenas hay pequeñas embarcaciones de pesca, un frío húmedo y una niebla densa que lo cubre todo.

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