[PUBLICADO EN REVISTA DOMINGO, EL UNIVERSAL]

Una llamada despierta a la mujer en mitad del trayecto.

—¿Hola? —responde. Se incorpora en el todoterreno, escucha un momento y continúa:

—Estoy yendo a buscar a tres chicas que vienen de Lima. Tienen buen cuerpo, aunque una chibola es mayor.

Nadie de la camioneta se inmuta: los pasajeros cabecean mientras el chofer sigue abriendo camino con las luces entre las piedras y el agua. Y la mujer que habla, una chica de trentaytantos —gafas de sol de diseño, abrigo verde chillón, pantalones ajustados, zapatos con algo de tacón y camiseta amarilla con no más de cien lentejuelas— vuelve a cabecear hasta llegar al Río Inambari. Se sube apresuradamente a una de las barcazas que van y vienen desde la otra orilla de este brazo del Río Madre de Dios y 20 minutos después se sube a un coche hasta llegar a Mazuco para recoger a las tres chicas. Buenos cuerpos, una algo mayor. Un destino: Huepetuhe.

La zona baja de Huepetuhe es una zanja pestilente plagada de riachuelos; la zona alta, un manojo de calles firmes: su Plaza de Armas, sus decenas de gasolineras, sus vivos, sus muertos —esta tarde pasean a hombros el cadáver de una mujer asesinada por su esposo, que ha huido—, sus agencias de transporte que van a las minas y a la orilla del río.

Ambas mitades suman 10 mil personas, de las que sólo 40 por ciento están censadas; el resto son mineros que van y vienen, comerciantes que hacen negocio (un comercio por cada tres habitantes censados, una prostituta por cada 17 vecinos). En la parte alta está la alcaldía y la fiscalía; en la baja, la policía, las cantinas, los prostíbulos, los establecimientos de compradores de oro —“más que cevicherías”, dice Marco, propietario de uno de ellos—, los talleres de reparación de maquinaria ligera y pesada, los hospedajes baratos donde los mineros queman el salario.

En la zona alta de Huepetuhe, los habitantes apenas tienen deudas con el consistorio, pero en la baja sólo tiene al día sus obligaciones  20 por ciento de la población. “Ustedes tienen que desalojar la zona baja”, les dijeron desde el poder municipal, “porque ha sido declarada zona de riesgo  medio”. Pero ellos respondieron que no se movían: “Aquí hay mucho dinero”.

A los pies de la zona alta, la iglesia. A los pies de la zona baja: las minas de oro.

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