[PUBLICADO EN REVISTA TRAVESÍAS]

Hace calor. La carretera tiene un aspecto decadente y oscuro, sembrada de pequeñas piedras que arden al mediodía. A lo lejos, el horizonte tiembla en una ligera niebla provocada por el sofocante aire de un verano cualquiera. Y todavía nos quedan 4 000 kilómetros en moto: es la distancia que separa Chicago de Santa Mónica, una ciudad encajada en Los Ángeles que aún conserva su esplendor. Junto a las calles salpicadas de palmeras y el acomodado nivel de vida de sus habitantes, la Ruta 66 agoniza tras su largo camino a través de ocho estados y más de 80 años de una historia que comenzó en Oklahoma, un viejo y próspero estado petrolero. A pesar de lo comúnmente extendido, esa carretera nunca llegó hasta el océano.

Allí vivía Cyrus Avery, un chico que nació poco después del final de la Guerra Civil y encarnó el sueño americano. Noventa y un años después de haber nacido, Avery se llevó a la tumba el título de “padre” de una de las carreteras más famosas del planeta. Sus primeros pasos como agente de seguros en Oklahoma City eran el principio de una vida profesional en la que acabaría fundando una empresa petrolera. Elegido presidente de la Associated Highway Associations of America en el fragor de los años veinte, también era miembro de la Comisión de Autopistas del Estado de Oklahoma, por lo que en 1925 el Departamento de Agricultura le encargó el diseño de un sistema de autopistas. Cyrus llevaba tiempo pensando una ruta que conectara Oklahoma con el extremo occidental del país.

“¿Cuál es la solución al rápido incremento de los coches de motor y el correspondiente desarrollo de caminos de Estados Unidos? ¿Y del aumento de la demanda para facilitar el transporte del campo a la ciudad, del lugar donde se extraen las materias y donde los productos están listos para su consumo? Mi respuesta es un sistema de autopistas”, les dijo a sus compañeros de la Asociación de la Ruta 66 en el primer encuentro celebrado en febrero de 1927.

En esos días ya se conocían los planes del recién aprobado Sistema Federal de Autopistas, el cual otorgaba a la carretera impulsada por aquel hombre de negocios el número 66. Una larga disputa por conseguir el número 60 para ese camino había propiciado una pequeña batalla, especialmente con los delegados de Kentucky. Hasta tal punto había confiado Avery en aquella denominación, que encargó la edición de 60 000 folletos anunciando que la carretera número 60 cruzaría todo el estado de Oklahoma.

Hasta que el 11 de agosto de 1926 abrió una carta que estaba en su escritorio. Venía de Washington: “Se le informa que el Comité Ejecutivo ha resuelto la larga controversia en referencia al uso del número 60, asignando ese número a la ruta entre Virginia Beach y Springfield (Missouri), y el número 66 a la ruta entre Chicago y Los Ángeles”. Tomó un bolígrafo y escribió en el mismo papel: “Ganamos”.

Era un número más redondo que el 60. Sin embargo, el nuevo camino no se pavimentó íntegramente hasta 10 años después gracias a los esfuerzos de la recién creada Asociación de la Ruta 66. Pero el primer combate del empeño de aquel hombre de negocios caía de su lado: su soñada carretera quedó inaugurada de manera oficial a finales de 1926 con cerca de 1 300 kilómetros pavimentados, un tercio del total.

Empezaba la leyenda.

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