[PUBLICADO EN PIKARA MAGAZINE]

El penúltimo huracán empujó las olas más allá de los cultivos. Cuando Rolando se acercó a la huerta se le hundió el ánimo y pensó que jamás recuperaría aquel lugar: el mar había salado la tierra y toneladas de troncos y ramas lo cubrían todo. Rolando Martínez, 57 años, pasea ahora por las huertas aún encharcadas con el ánimo revuelto, pero bendice a la naturaleza. Qué generosa es, suspira, porque lleva semanas lloviendo y la sal ya se ha disuelto. Del campo despuntan las primeras orejas de lechugas.

Rolando es permacultor, uno de esos oficios que no puede separarse de la ambición más pura del ser humano: cuidar de sí mismo. La permacultura nació en los años setenta en Australia, impulsada por Bill Mollison y David Holmgren, para colocar al ser humano en la posición que realmente ocupa: un elemento más de la naturaleza. Y es en esta concepción que concibe la existencia desde todos los ángulos –ético, espiritual, agrícola— donde se encuadra la permacultura. O, como la definió Bill Mollison, “una filosofía de trabajar con la naturaleza, en vez de contra; de observación prolongada y reflexiva en vez de acción prolongada y desconsiderada, de mirar a los sistemas en todas sus funciones en vez de esperar sólo un rendimiento y de permitir que los sistemas demuestren sus propias evoluciones”.

Rolando lo ejerce en Cojímar desde 1989, el municipio de La Habana en el que soñaba el viejo Santiago y en quien Hemingway volcó El viejo y el mar. Antes, este ingeniero agrícola cuya tesis de maestría ahondó en el análisis del suelo, solo creía en la agricultura industrial: en tractores, pesticidas, horizontes de tierra quemada, arrancarle a la tierra todo lo posible. “Yo no encontraba a la permacultura ni pies ni cabeza, y menos cultivar en este lugar”, dice en la finca que trabaja con métodos manuales y ecológicos. Junto a Elisabeth, su mujer –“ella es la exploradora”–, abrieron camino en el mundo de la agricultura urbana; después vino la permacultura, el siguiente escalón. “Si lo ves solamente como agricultura urbana”, sostiene ahora, “jamás puedes verlo como un sistema amplio, una cosa cíclica, como algo donde el ser humano es el centro… del problema”.

La agricultura es un eslabón más de un ciclo que se retroalimenta y en el que el cuidado de la tierra, de las personas y la repartición justa arman su escudo ético. En el libro Permacultura. Principios y senderos más allá de la sustentabilidad, David Holmgren recoge los doce principios del diseño de un sistema de permacultura, que van desde valorar la diversidad, no producir basura, hasta usar recursos renovables. Entre otros cambios, apunta, este arte que bien podríamos llamar de lo natural, exige un consumo muchísimo más bajo de energía.

Rolando comenzó a trabajar como ingeniero agrónomo en una de las empresas agrícolas más grandes del país y todavía se sorprende al recordar sus estudios en la universidad, cuando le enseñaban las proporciones de fertilizantes por superficie. La química se asumía, violando una de las primeras normas de la permacultura (acrónico de ‘cultura permanente’) y que es el proceso cíclico y orgánico de la naturaleza.

Los 520 metros de perímetro de la finca encierran huertas, depósitos de agua y un embalse en una zona húmeda que le garantizan agua para los meses secos –que en Cuba se están recrudeciendo–; un perímetro tapiado con frutales que cortan el viento mientras el mar bambolea a escasos cien metros. Todo en su interior, como la materia orgánica que alimenta la tierra, tiene origen natural. “La permacultura vino a redondear lo que estábamos haciendo en la comunidad”, admite con alegría, “aunque aquí no se ve el resultado de un día para otro: lo que se destruyó en tantos años no se puede arreglar en dos meses”. Este cubano bromista se refiere a las soluciones químicas, infalibles en el instante. “Pero te vuelves esclavo del químico”, reflexiona, “por lo que esto lleva más ciencia que la otra agricultura”.

–¿Y que la agricultura ecológica?

–Con los agroecólogos he tenido problemas cuando debatimos, porque ellos no integran al ser humano en el sistema productivo: la mentalidad es otra, no la del permacultor.

 

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