[PUBLICADO EN PLANETA FUTURO, EL PAÍS]

— Yo quisiera sus huesitos, nomás.

Candelaria Pino —mirada profunda, sombrero andino, ojos quemados de llorar— perdió a su esposo en Huamanguilla el 27 de junio de 1983. “Vamos a tomar declaración”, dijo uno de los ocho militares encapuchados que entraron a la casa a las tres de la mañana. Lo agarraron de la espalda; las manos en la nunca. Candelaria le alcanzó los zapatos y la chompa [la chaqueta]. “Hasta este momento no sé nada de su paradero”.

Foto: Katherine Goicochea.

Filiberto Condori trabajaba en el campo, tenía 32 años y una hija. A Filiberto los militares le dieron tiempo a calzarse los zapatos; la chompa, no.

“Ocho días después, fue encontrada una persona con la chompa de mi esposo. Estaba en un rincón y, como hacía mucho frío, la agarró —recuerda Candelaria en la vivienda de su hija, una construcción encaramada a los barrios altos de Ayacucho—. Le pregunté dónde estaba él: ‘No estaba ahí’, me dijo, ‘pero como hacía frío me la puse’. Yo le dije que era de mi esposo. Y la recogí”.

Candelaria remueve la historia de su marido y de la madrugada de aquel 27 de junio. También su búsqueda. “Hemos encontrado cadáveres comidos por los perros, pero jamás han encontrado a mi esposo”, explica con aparente calma.

Hoy es un día de ventarrones y un ejército de nubes oscurece el mediodía en la ciudad de Ayacucho. Candelaria se sostiene el sombrero y su hija le sugiere resguardarse de la amenaza de tormenta. Las nubes pasan y ella, con un brillo de dolor que parece instalado en sus ojos, cuenta que, con 61 años, su tormenta continúa.

“Siguen abiertas las heridas. Hemos quedado todos muy afectados, muy traumados. Uno no puede estar tranquilo: siempre me falta mi esposo —continúa una mujer cuyas palabras, a juzgar por la manera de arrastrarlas en el silencio, siguen en carne viva—. Ahora no tenemos adónde ir. Hasta mis nietos dicen: mi papito, ¿dónde está? Mi nietita, que tiene cinco años, me dice que hay que llevarle, mami, a la tumba un corazoncito. Yo me quedo callada, ¿qué voy a decir?”

Filiberto Condori cometió varios pecados en su vida: tener sangre indígena, hablar quechua, ser agricultor, padre de familia y vivir en el Departamento de Ayacucho, donde se concentran el 40% de las 69.280 víctimas que dejó el terrorismo del país andino entre 1980 y el 2000. Tras la entrega del informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) en el año 2003, además, se comprendieron muchas cosas: su apellido estaba entre los ocho que se repetían con más frecuencia.

Para llegar a la ciudad de Ayacucho desde Lima hay que atravesar una carretera de 600 kilómetros llamada Los Libertadores, que serpentea por las lomas de los Andes hasta subir hasta los casi 3.000 metros de altura. Para llegar a la verdad, hay que bajar a los infiernos.

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