[PUBLICADO EN PAPEL, EL MUNDO]

Entre todos los vecinos que fueron al último entierro de Santa Cruz del Islote había más de 20 apellidos. Esta erupción de corales tiene 10.000 metros cuadrados, así que a los muertos los despiden la mayoría de los vecinos: los Hidalgo, los De Hoyos, los Cardales, los Julio o los Cortés. Justiniano, fallecido hace casi un año, era un Morelos.

-Pero aquí no hay ningún cementerio.

-Sí, señor: allá, en la otra isla, con bóvedas y lápidas.

Rocío de Hoyos extiende el brazo hacia Tintipán, adonde los pescadores dirigen las chalupas cargadas de vecinos los días esporádicos de funeral. El islote es una piña con un centenar de casas de hojalata y cemento frente al golfo de Morrosquillo, en el departamento de Bolívar, Colombia, y no hay espacio para cultivar maíz, criar animales o enterrar vecinos. Cada habitante tiene 20 metros cuadrados de espacio: no es raro que a este pedazo de rocas se le atribuya ser la isla más densamente poblada del planeta.

«Es bonito cuando vamos a enterrar a una persona y se ve una caravana de botes», dice Rocío, presidenta del Consejo Comunitario de Santa Cruz del Islote, una de las 10 islas del Archipiélago de San Bernardo que aún asoma la espalda. En la década de los 50, cuando el islote ardió y el fuego se llevó los cerdos, las gallinas y las pocas casas, había 16 islas.

Pero el mayor cambio ha venido en los últimos años.

En el 2013, a las instituciones -en cuyos archivos había registradas seis casas- llegó el rumor de que 1.200 personas vivían amontonadas en un lugar remoto y minúsculo. Hicieron cálculos, se asustaron de aquella barbaridad poblacional, emitieron una orden de desalojo y ordenaron un censo que finalmente pinchó aquel bulo: los propios habitantes habían contribuido a inflar la exageración. El recuento fijó la población en 492 personas. Al isleño le gustaba exagerar y la realidad no le desilusionó del todo, porque aquí la densidad de población es de 50.000 habitantes por kilómetro cuadrado, el doble que en Manhattan.

«No éramos visibles para el Estado, que solo venía a recoger votos cuando había elecciones», dice Rocío, líder de esta comunidad afrodescendiente. Una ley de 1993 reconocía los derechos de las comunidades negras y la formación de Consejos Comunitarios como modo de organización. La noticia, 40 minutos mar adentro en lancha, llegó 20 años después.

Alexander Atencio llegó al islote en el año 2005 como profesor de la escuela precaria y lo primero que le sorprendió fue la hermandad de sus habitantes. «El contexto lo explica: todo es escaso, los recursos hidrológicos se están agotando, la isla no soporta más cantidad de habitantes, la vocación pesquera se ha agotado en gran medida», enumera ante los desafíos de la población. «Para sobrevivir del abandono estatal», resume, «el único blindaje es la cohesión y la armonía, si no ya hubiéramos abandonado la isla».

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