[PUBLICADO EN REVISTA OXÍGENO]

El telón de fondo es un eterno zumbido: en el cielo, en los glaciares, en los lagos. Nada se escapa del ruido emitido por las miles de avionetas que, además de ser un habitual modo de transporte en esta parte salvaje del planeta, forman parte del imaginario de la última frontera. Hay razones para ello.

Alaska es un territorio que multiplica por tres la superficie de la Península Ibérica. Únicamente hay dos ciudades, y el resto de la población vive en pequeños poblados y comunidades desperdigadas en el 90% del territorio, donde la red de carreteras que lo conecte con el resto del país es, simplemente, inexistente. El único modo de llegar hasta esas zonas es por aire.

Esta mezcla de particularidades hace que el estado de Alaska sea líder en muchas listas: es uno de los lugares más despoblados del planeta, con apenas medio habitante por kilómetro cuadrado; multiplica por seis el número de pilotos del resto del país y por dieciséis el número de avionetas (per cápita). Y la más drástica: es líder en número de accidentes. Según la Federal Aviation Administration (FAA), en la primera década del nuevo siglo se produjeron casi 1.200 accidentes en Alaska. En el resto del país se produjeron 351, tres veces menos.

“En todos los lugares hay peligro, cada uno en su medida”, admite Brian Krill a los pies de la avioneta que maneja para Talketna Air Taxi. Procedente de Idaho, este hombretón grande y amable lleva cuatro temporadas surcando los cielos del monte McKinley, el techo de Norteamérica. Escaladores, turistas o vuelos por encargo le trajeron hasta aquí para buscarse emociones y, de paso, la vida en los veranos. “Es más difícil en Chicago porque hay más tráfico, por ejemplo, pero aquí el mantenimiento de los aviones es mejor que en otros sitios. Los mejores mecánicos están aquí”. A pesar del gran número de accidentes que reflejan las estadísticas, Brian no tiene duda: “Sigue siendo más peligroso escalar el McKinley que sobrevolarlo”. La pasión es la primera regla de estos pilotos. “¡Me pagan por volar”! , se sorprende Krill, un enamorado de los aires que ha encontrado en estas latitudes algo único: “No puedes encontrar un trabajo volando a un glaciar en todos los Estados Unidos. En Alaska sí”.

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